Todo lo que debes saber sobre los vinos afrutados

Bebemos vino como parte de un pequeño ritual de placeres sensoriales e intelectuales. En la degustación del vino buscamos y encontramos matices y peculiaridades que nos hablan de su origen, de la tierra en la que creció la uva, el sol que la tocó y la lluvia que la alimentó. Pero también de todo el tratamiento que ha recibido hasta que la botella llega a la mesa.

Esos matices pueden decirnos muchas cosas en el paladar, y entre todas ellas encontramos el afrutado.

¿Qué son los vinos afrutados?

Mineral, hierba fresca, madera, levadura, cuero, tierra… los aromas primarios, secundarios y terciarios y los sabores que percibimos en el vino se pueden definir con múltiples adjetivos según nos traigan recuerdos de un elemento o de otro. En conjunto conforman una impresión final. Entre los muchísimos matices posibles hay algunos que destacan y que, muchas veces, se buscan. El afrutado es uno de ellos.

Obviamente, la uva es una fruta. Pero en la elaboración del vino pueden aparecer y destacar otros detalles organolépticos que se alejan mucho de lo que identificamos como un «sabor afrutado». Por otro lado, también pueden desarrollarse aspectos frutales de reminiscencias muy diferentes a la propia uva.

En cualquier caso, la definición es muy simple: se dice que un vino afrutado es el que nos trae olores y sabores de elementos frutales. Estos pueden ser muy diversos. La uva, por supuesto, puede ser uno de ellos (o puede desaparecer). Podemos encontrar manzana, grosella, mora, fresa, ciruela, plátano, limón, melocotón o albaricoque, por poner solo unos pocos ejemplos.

Los matices frutales son característicos de los vinos jóvenes en general, por lo que pueden aparecer tanto en blancos como en tintos y rosados. Sin embargo, y aunque no hay fronteras cerradas, algunos aromas y sabores de fruta suelen aparecer más en ciertos tipos de vino. Por ejemplo, los tintos afrutados pueden recordarnos a frutos rojos y negros. Los rosados suelen traernos fresa y cereza. Los blancos, por su parte, nos hablan con frecuencia de cítricos o frutas blancas.

Por sus características y juventud, estos vinos son alegres y ligeros, al mismo tiempo que elegantes y equilibrados en su acidez. Debemos recordar que la sensación afrutada nos habla del sabor y aroma característico de una fruta en concreto, pero eso no implica que deba ser dulce como ella. El dulzor y el afrutado son aspectos diferentes: un vino afrutado no es necesariamente un vino dulce, pero un vino dulce puede traernos matices frutales.

La elaboración del vino afrutado

La elaboración de un vino es un arte en sí misma. No es fácil manejar todos los factores para conseguir un resultado concreto. El enólogo se encarga de ejercer de «alquimista» y, si quiere obtener aromas y sabores afrutados, deberá estudiar y controlar, no siempre con éxito, todos los elementos del proceso.

Debe considerarse que el terreno y el clima serán factores «de fondo», ineludibles, y que no se pueden elegir al gusto, sino que debe trabajarse sobre ellos como si fueran el lienzo de un pintor. Y, para esa pintura, la elección de la paleta de colores es fundamental. Por supuesto, la elección de la variedad de uva correcta es un factor imprescindible (tempranillo, albariño, verdejo, por poner unos ejemplos), porque no todas son apropiadas para conseguir efectos afrutados. Además, se debe atender al formato de cultivo, el momento de la recolección y a todo el proceso de vinificación. El tipo de vino deseado y sus matices requerirá su propio tiempo, fases y circunstancias.

En definitiva, los vinos afrutados destacan y son muy deseados por el público por su carácter fresco y ligero. En España existen cientos de vinos que tienen como elemento relevante el recuerdo de la fruta, y merece la pena emprender el viaje de descubrirlos, explorarlos y disfrutarlos.

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