Como es sabido, existen una gran variedad de vinos de la Rioja. Estos se pueden diferenciar por el tipo de uva que se emplea en su elaboración o en el tiempo de envejecimiento que pasa en barrica y en botella. Según el primer criterio que hemos mencionado, los vinos se clasifican en tintos, blancos y rosados; y según el segundo criterio se dividen en cosecha, crianza, reserva y gran reserva.

Los vinos riojanos se ajustan a cualquier evento y son un indispensable en cualquier bodega. En concreto, ahora vamos a destacar el Rioja crianza para que se pueda conocer más acerca de este gran producto.

Rioja crianza

Variedades de uva

En general, para elaborar un vino Rioja crianza se emplean dos variedades de uva principalmente: la variedad Tempranillo y la variedad Garnacha. Según el tipo de vino que se quiere obtener, se emplean las variedades blancas, tintas o una mezcla de ambas. Estas variedades son las que tradicionalmente se han usado en esta región para la elaboración de sus vinos.

Elaboración

Una vez hecha la vendimia, hay dos caminos que se pueden seguir para la elaboración del vino: la maceración carbónica si queremos obtener un vino joven (del año) o el despalillado si lo que queremos son vinos de mejor calidad, que sufrirán un proceso de fermentación. En el caso de los crianzas, se sigue la segunda técnica. El despalillado consiste en separar las uvas del racimo, lo que se conoce como raspón, para quitar las posibles ramas y hojas que contenga, ya que podrían amargar el vino. Actualmente, este proceso está totalmente mecanizado, aunque tradicionalmente, se hacía a mano.

Cuando ya se tienen los granos de uva, se procede al estrujado. Es lo que antiguamente se hacía con el pisado de la uva y lo que mucha gente conoce. Básicamente, consiste en pisar o estrujar la uva para romper la piel, denominada hollejo, y obtener así la mayor cantidad de zumo posible. Es muy importante no romper las semillas de la uva, ya que podrían aportar sabores amargos al producto.

Una vez hemos obtenido el mosto, se deja unos días macerando, junto con los hollejos. Este proceso es muy importante, ya que, cuando el mosto está en contacto con los hollejos, obtiene el color, aroma y sabor que serán la base de las características del crianza.

Después, comienza la fermentación alcohólica, en la que las levaduras que se encuentran de forma natural en las uvas transforman el azúcar en alcohol, con lo que ya no tendremos mosto, sino vino. Este proceso dura entre diez y catorce días, a una temperatura que ronda los veintinueve grados centígrados. Posteriormente, se descuba (se transfiere a otro depósito) y se prensa para separar el líquido de los restos sólidos. Esto se conoce como vino de prensa, y contiene multitud de aromas y sabores a taninos.

Ahora viene la fermentación maloláctica, en la que el ácido málico se transforma en ácido láctico. Así se consigue disminuir el carácter ácido del vino y hacerlo más agradable a la hora de su consumo. Tiene una duración aproximada de entre quince y veintiún días. Tras esto, comienza la crianza o envejecimiento, en la que el vino se introduce en barricas de roble y se deja madurar, lo que aportará notas aromáticas al producto final, por ejemplo, a madera o vainilla. En el caso de los crianzas, este proceso debe durar mínimo seis meses, aunque para tintos preferimos un año.

Por último, pasados los seis meses, el crianza se embotella, con lo que las características que obtiene en la barrica se asientan y alcanzan el equilibrio perfecto. En el caso de los blancos y rosados, deben estar en botella año y medio, y para los tintos, dos años.